la discapacidad que no se ve


Inclusión. Es lo que más desean los padres de niños y adolescentes con algún tipo de discapacidad, que sus hijos sean aceptados y estén integrados en la sociedad tal y como son.

Poco a poco se va viendo más personas con discapacidad trabajando en diferentes empresas y sectores. Sus rasgos físicos nos desvelan su condición y nos orientan para desarrollar una actitud empática hacia ellos. Pero, ¿qué ocurre cuando la discapacidad no se ve?

Ya lo decía Saint-Exupery en El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

En muchas ocasiones hay que ahondar para conocer bien a alguien y descubrir el gran valor y potencial que tiene. Sin embargo, a veces sucede que nos pueden las apariencias, y nos quedamos con lo más superficial.

Las personas con discapacidad intelectual y sus familias saben de lo que hablo.

María nació hace 20 años, y tras años de cavilaciones y valoraciones psicológicas, hace tan solo 1 año, le diagnosticaron Discapacidad Intelectual.

¿Qué le pasa a María?

Eva, su madre, dice que era una niña muy guapa y sonriente. La escolarizaron, como a cualquier niña de su edad, en un colegio concertado, el mismo al que había ido su madre. Asistía contenta cada día con sus compañeras, que la querían mucho. 

A los 6 años, María empezó a tener comportamientos extraños ante situaciones ruidosas; los globos, los petardos… No los soportaba, y tras una valoración psicológica, comunicaron a sus padres que María tenía una psicofobia al ruido, pero nada conductual. Habría que ir quitándole el miedo a estas situaciones, pero nada inquietante.

Sin embargo, el colegio empezaba a costarle. Su madre recuerda como su hermano, 3 años menor que ella y con altas capacidades intelectuales (algo que descubrirían años después), le ayudó a aprender a leer cuando María tenía 7 años. Pero no conseguía avanzar en otros aspectos académicos, por ello, y al considerar que María era más inmadura que el resto de alumnos por ser de las pequeñas del curso, el personal docente de su colegio decidió que debía repetir 2º de Primaria.

El cambio de curso fue malo para ella, no encajaba con sus nuevas compañeras. Eva confiesa, que a día de hoy y echando la vista atrás, se dan cuenta de que su hija era más infantil que el resto, lo cual, no le permitía adaptarse.

Fue a partir de 4º de Primaria cuando empezó a pasarlo realmente mal en el colegio. No conseguía aprobar, pese a pasar las tardes y fines de semana de estudio. 

Su madre, emocionada, dice que no recuerda a su hija jugando con muñecas o disfrutando una mañana de sábado en la playa, porque se pasaba las horas estudiando.

Decidieron consultar de nuevo con un psicólogo que, tras otra valoración, diagnostica a María un Déficit de Atención por baja autoestima. 

María empezó entonces a asistir a un gabinete psicológico para trabajar sus habilidades sociales y académicas, con la intención de que si conseguía que la aceptasen sus compañeras, su actitud cambiase, y así conseguiría aprobar.

Gracias a su tesón, María acabó Primaria y empezó  la E.S.O. 

Para esta nueva etapa académica en la que seguía asistiendo al gabinete psicológico, sus padres, bajo recomendación psicopedagógica, matricularon a María en otro colegio que contaba con adaptación metodológica. 

Su esfuerzo le llevó a terminar con éxito esta nueva etapa, y obtuvo su graduado, que hoy luce orgullosa.

Continuó sus estudios, comenzó un grado medio en informática, al que asistía feliz, pero el cual no consiguió aprobar. Así que decidieron cambiar a un grado medio de auxiliar de enfermería. 

Desgraciadamente, María comenzó a pasarlo realmente mal, lloraba mucho, y mostraba agresividad verbal. “Algo que nunca había hecho” dice Eva.

Con 18 años llega el diagnóstico

Sufrió un cambio tan grande que llevó a la directora del centro a pensar que María podría tener algún tipo de discapacidad intelectual, y así se lo hizo saber a sus padres.

Esta fue la primera ocasión en la que se les planteó esta posibilidad, cuando María ya había cumplido los 18 años

Eva cuenta como aquel comentario les hizo daño, pero al haber dado tantos rodeos, y haber intentado todo lo posible para ayudar a María, decidieron consultar de nuevo con otro psicólogo. Nueva valoración, nuevo diagnóstico. María, efectivamente, tiene Discapacidad Intelectual. 

“Un diagnóstico tardío, pero que es lo mejor que podía pasarle”. Fueron las palabras del psicólogo. Sus padres, desolados e incluso indignados, no entendían cómo aquel diagnóstico podía ser lo mejor para su hija.

A día de hoy, un año más tarde,  ya lo entienden, ahora sienten paz en su interior. 

El diagnóstico ha supuesto un nuevo comienzo para su hija, y para toda la familia. Se sienten felices de por fin comprender los comportamientos o comentarios “extraños” de María.

Sin embargo, Eva, emocionada, asegura que de cara a los desconocidos sigue siendo complicado: “Quien tenga la sensibilidad de poder y querer ver cómo es mi hija, descubrirán lo maravillosa que es”.

Cuando la discapacidad no es evidente

Cristina, la hermana pequeña de María, le pregunta a veces a su madre al ver a una persona con Síndrome de Down por la calle, qué es lo que le ocurre a esa persona, a lo que su madre le contesta que es especial. En cambio, no está conforme con esa misma respuesta cuando pregunta por su hermana mayor.

A Cristina le ocurre lo mismo que a gran parte de la sociedad, no ve ningún rasgo “especial” en el físico de su hermana que le dé una pista sobre su discapacidad.

Eva dice que la gente es más empática con las personas con una discapacidad más evidente, como puede ser el Síndrome de Down.

No le falta razón. Las personas sienten mayor seguridad cuando pueden anticiparse; saber, más o menos cómo una persona va a responder ante una pregunta o situación nos ayuda a actuar con más naturalidad.

Nos movemos por la apariencia en muchas ocasiones, y esto nos lleva a caer en prejuicios.

Como dice Eva, quien quiera ver más allá, descubrirá maravillas.



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