¿Estamos programados por nuestros procesos cerebrales?


La fascinación que despiertan en los estudiosos del cerebro las investigaciones de los últimos años es comprensible, ya que los resultados son cada vez más sorprendentes. El cerebro es la estructura más compleja que se conoce, frente a la cual la más sofisticada de las computadoras se vuelve una realidad muy sencilla.

Durante mucho tiempo se pensó que el cerebro quedaba conformado en la primera infancia, pero hoy sabemos que tiene una plasticidad, una capacidad regenerativa y de transformación sorprendente, que pueden seguir estableciéndose nuevas conexiones durante toda la vida. En él operan más de diez mil millones de células cerebrales, con ayuda de billones de conexiones y contactos transmisores, que tienen una extensión de cientos de miles de kilómetros. Los procesos cerebrales son el resultado tanto de disposiciones genéticas como del aprendizaje social y del influjo de la cultura ambiente.

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Las investigaciones demuestran un número cada vez más grande de correlaciones entre la aparición de un determinado proceso o estado de conciencia y la actividad de una región determinada del cerebro o de los circuitos neuronales que la componen. Pero algunos neurofisiólogos han comenzado a extraer de estos descubrimientos algunas tesis filosóficas reduccionistas que no se desprenden de la evidencia empírica, pero que se presentan con autoridad científica.

Por ejemplo, algunos afirman que, aunque nos experimentamos libres en nuestras decisiones y acciones, la ciencia nos demuestra que nos engañamos y que en realidad el cerebro siempre se adelanta a nuestra voluntad y “decide”. Las discusiones en filosofía de la mente a partir de los adelantos de las neurociencias permanecen muchas veces encerradas en las discusiones académicas y no llegan a los ámbitos de divulgación. ¿Qué podemos saber sobre este asunto?

¿Es la libertad una ilusión?

En primer lugar, hemos de tomar muy en serio y agradecer los resultados de la evidencia científica que nos permite conocer más sobre la vida humana, especialmente del funcionamiento de cerebro. Mucho se adelanta hoy en cuestiones interdisciplinarias gracias al aporte de las neurociencias, tanto en medicina como en educación, en psicología o incluso en cuestiones sobre los beneficios de la vida espiritual y la práctica religiosa. Pero es sumamente importante distinguir ámbitos del conocimiento y no confundir evidencias empíricas con interpretaciones filosóficas.

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Numerosos experimentos muestran que nuestros pensamientos y acciones que llevamos a cabo están inducidos y dirigidos en gran medida por el sistema límbico, el cual influye de manera intensa en el lóbulo frontal del cerebro. Por ello para algunos la libertad es un ilusión, porque todo se hallaría dirigido por nuestro cerebro en forma inconsciente. Llevar estas conclusiones al extremo generaría grandes preguntas para la ética y el derecho, para entender hasta dónde podemos juzgar a alguien como responsable de algo que no eligió en forma consciente, porque todo lo que pensamos o hacemos serían efectos de un determinismo biológico del cerebro que no podemos elegir. Pero no es tan simple.

Lo que pocas veces se explica es que las imágenes coloridas que dan los tomógrafos a partir de la actividad cerebral nos dicen dónde sucede algo en cerebro, pero no nos explican cómo se dan esos mecanismos en profundidad. No es lo mismo una correlación en el cerebro al mismo tiempo que pensamos, sentimos o actuamos, que atribuirle al cerebro ser la causa directa de nuestras decisiones. No podríamos hacerlo sin el cerebro, pero dependencia no es lo mismo que causalidad.

Las lagunas explicativas entre los procesos físicos y la conciencia humana no cierran a las múltiples explicaciones teóricas posibles, pero no se pueden presentar las propias conclusiones filosóficas como evidencia científica de lo que no es evidente. Cuanto mayor precisión alcanzan las neurociencias en la descripción del funcionamiento del cerebro, más evidente se hace que no captan lo que justamente constituye el aspecto central de la conciencia. Y el conocimiento que tenemos por experiencia personal de nuestra interioridad no es algo que pueda descartarse fácilmente para poder comprender la mente humana. David Chalmers afirma que “la conciencia es un rasgo esencial irreductible”.

Lo que en realidad podemos saber

En el año 2004 dos referentes de la neurociencia en Alemania (Roth y Singer) hicieron público un manifiesto sobre los estudios del cerebro y dejaron claro, con un admirable ejemplo de modestia académica, los límites de las actuales investigaciones y algunas apresuradas conclusiones teóricas.

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Si bien se han logrado significativos avances en el conocimiento sobre las funciones e interacción de las grandes áreas del cerebro, así como de los procesos que se desarrollan en el plano de las células individuales, “sabemos alarmantemente poco sobre lo que acontece en el interior de cientos o miles de asociaciones de células. Se desconoce por completo qué ocurre cuando cientos de millones o incluso un millardo de células nerviosas conversan entre sí”. En realidad, seguimos sin entender, ni de forma rudimentaria las reglas que obedece el cerebro para su actividad.

¿Cómo surgen la conciencia y la vivencia del yo? ¿De qué modo se entrelazan pensamientos y emociones? ¿Por qué somos realmente libres de decidir a pesar de los condicionamientos biológicos y sociales? Siguen siendo preguntas que no responde la ciencia, sino que se intenta pensarlas desde un abordaje interdisciplinario.

Por el momento, el estudio científico del cerebro no ofrece ninguna teoría empíricamente contrastable sobre la relación entre la mente y el cerebro, entre la conciencia y el sistema nervioso. Y aunque alguna vez lográsemos explicar la totalidad de los procesos neuronales que subyacen a nuestros sentimientos y pensamientos más profundos, la autonomía de la “perspectiva interna” permanecería intacta.

Es cierto que la libertad es una construcción posible gracias al cerebro, como toda conducta humana y todo pensamiento que producimos, pero también constituye un fenómeno histórico, social y político que no se reduce a procesos cerebrales. Del mismo modo que no podemos reducir la belleza de la obra de arte a la materialidad de la pintura, no se puede reducir todo lo que llamamos mente, a la materialidad del cerebro.

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En la discusión sobre si somos libres o estamos determinados por nuestro cerebro, es interesante el cambio de postura que tuvo el neurofisiólogo Benjamín Libet, quien, en 1985, realizó por primera vez experimentos de fisiología del comportamiento según los cuales, el cerebro, al levantar un dedo o un brazo, crea un “potencial dispositivo” neuronal que precedería en unos 350 a 400 milisegundos a la voluntad de acción subjetivamente experimentada como tal. En 1999 Libet afirma que la conciencia que cronológicamente va rezagada estaría del todo capacitada para rechazar la acción sugerida por el cerebro. Así pues, a pesar del apremio a actuar, el libre albedrío nos dispondría del poder del veto. La conclusión que extrae Libet es que “la existencia del libre albedrío es una opción científicamente igual de buena, cuando no mejor, que su negación por medio de una teoría determinista”.  Experimentos posteriores de científicos de diversos países reelaboraron estos experimentos y llegan a la conclusiones que defienden el libre albedrío (Franck, 2018).

Allí donde la persona, en situaciones de gran presión social y emocional, adquiere una actitud de honradez o de coraje, se hace patente su libre albedrío. El filósofo alemán Thomas Buchheim escribe comentando a Aristóteles: “Así como no es mi mano, sino yo quien abofetea a tal o cual persona… El hecho de que yo piense con el cerebro no significa que sea el cerebro, y no yo, quien piensa”.

Las acciones libres son siempre resultado de una compleja cadena de reflexiones ponderativas sobre objetos y medios, recursos y obstáculos. La comunicación entre seres humanos no es ningún “ciego suceso natural” (Habermas), que, por así decir, transcurre a espaldas del sujeto. Ya en el recién nacido, la mente del ser humano sólo se desarrolla en la convivencia social, por medio de la influencia recíproca, por medio de los afectos y de la enseñanza. La mente no se reduce al cerebro y no es un ilusión, ya que la experiencia inmediata de la comunicación humana y la experiencia que tenemos de nuestra propia subjetividad no se reduce a mecanismos bioquímicos cerebrales.

El análisis objetivo de los procesos cerebrales nos aporta una significativa parte de la información sobre quiénes somos y los procesos de nuestra conciencia, pero la comunicación interpersonal y la introspección revelan a través del lenguaje dimensiones a las que no alcanza un estudio neurofisiológico. Todas estas vías de acceso son complementarias entre sí, pero no lo explican todo.

 

Bibliografía para profundizar:

Arana, J. (2015). La conciencia inexplicada: Ensayo sobre los límites de la comprensión naturalista de la mente. Madrid: Biblioteca Nueva.

Franck, J.F. (2018). ¿Somos o no somos nuestro cerebro? Rosario: Logos.

Küng, H. (2007): El principio de todas las cosas: ciencia y religión. Madrid: Trotta.



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