El dolor de no ser la verdadera esposa


Acude al consultorio una mujer que busca ayuda y ver con claridad la realidad de su vida, aunque duela. Una vida basada en el engaño junto con al padre de sus hijas que es infiel a su mujer

Conocí al padre de mis hijas cuando tenía 20 años y el 35, me cautivo desde que lo vi, y aun cuando era casado alimentamos una mutua seducción, por lo que con cierta inocencia me convertí en el objeto de sus complacencias. Así las cosas, me aseguró que me convertiría en su esposa debido su “inminente divorcio” aconsejándome no sentirme culpable, pues me había conocido cuando, según él, su matrimonio ya estaba deshecho. Sin embargo, ahora entiendo. Lo primero que hizo fue comprar una pequeña casa para convivir conmigo en una ciudad lo suficientemente distante como para evitar riesgos comprometedores.

Logró hacerme creer que yo, prácticamente era su esposa, y que su actual matrimonio no era más que un papel firmado en el Registro Civil como un simple contrato a punto de terminar. Actualmente tenemos dos hijas, y no solo no se ha divorciado, sino que además, cuando nos visita en nuestro reducido entorno social se presenta como mi esposo y argumenta que está muchas veces fuera por culpa de su trabajo. Por un tiempo pensé que debía presionarlo más para que cumpliera su promesa, pero sentí miedo. Temía que al hacerlo se alejara y nos abandonara, y lo cierto es que hoy por hoy mis hijas necesitan lo poco que tienen de su padre.

Ël insiste en que tarde o temprano cumplirá con su promesa que mientras tanto vivamos como un “verdadero matrimonio” en el que el esposo “trabaja en otra ciudad”.  ¿Por qué no puedo creérle?  ¿Qué es lo que en su momento deberé contar a mis hijas cuando se den cuenta de esta realidad?

Mi consultante, una mujer inteligente, estaba dispuesta a agotar la verdad por dolorosa que resultase. Me propuse contestar a su pregunta con respeto y delicadeza hacia su persona, pero también con apego a una verdad en la que espero podamos coincidir. 

Para ello, le puse el ejemplo de la leche de vaca que para su venta se presenta en paquetes cuyas etiquetas dicen: “leche pura de vaca”. A veces podemos encontrar en el mercado paquetes que indican que es un “producto elaborado con una formula láctea…”. Así se advierte al consumidor no es leche pura de vaca sino un sucedáneo de leche y que no contiene sus propiedades esenciales. Tiene el color, el sabor y la textura de la leche, pero no es leche, por más vitaminas que le añadan.  

Ahora hablemos de las propiedades esenciales del matrimonio. Son dos, son las caras de una misma moneda: 

  • La unidad: Un solo varón y una sola mujer se unen y juntan sus diferencias naturales en lo corporal, psicológico y espiritual en orden a un proyecto común de vida y amor. Este compromiso es para toda la vida. 
  • La indisolubilidad:  El amor conyugal y la unidad del hombre y la mujer alcanzan la plenitud cuando el compromiso de esta relación sea hasta que la muerte les separe.

—Me queda claro. —intervino mí consultante con entristecido rostroEn nuestra relación no existe esa unidad de que me habla y que engendra el amor conyugal. No hay ni unidad ni indisolubilidad. Me queda claro que lo mío no es un verdadero matrimonio, y no lo digo tanto porque haya asimilado a fondo los conceptos, que para mí son nuevos, sino porque a través de este diálogo y del ejemplo que me ha dado, puedo comprender mejor el porqué de lo que he vivido. Difícilmente nos ponemos de acuerdo en algo. A él no le importa realmente lo que pienso, lo que siento y lo que me afecta cómo está constituida nuestra relación. Él se impone en todo. A eso hay que sumar el temor que siento por perder con los años el atractivo y no proporcionarle la satisfacción sexual que reclama y dice no tener con su “otra esposa”. En vez de la unidad de cuerpo, mente y espíritu, lo que vivimos es una relación basada en la complicidad con respecto a una infidelidad. Esto hace que nuestra relación penda de un hilo. Es duro reconocerlo y no sé cuál será el final de mi historia, pero de lo que ahora sí estoy segura, es de que mis hijas han de saber la verdad de mi error y espero saber explicárselos de modo que les de luces para no repetirlo.

Mi consultante se retiró agradecida, pensativa y triste.

La unidad y la indisolubilidad son propiedades esenciales del matrimonio. Al faltar estas, se puede tener “el color, el sabor y la textura del matrimonio” pero. nunca llegará a ser un verdadero matrimonio.

Por Orfa Astorga de Lira.

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