cuatro letras que todos los niños deben conocer


Si el niño debe aprender a obedecer, no es principalmente por razones utilitarias. Estas razones existen y son justas. Es normal exigir a los niños que no jueguen con productos peligrosos o que tengan cuidado al cruzar la calle. Además, un mínimo de obediencia es esencial para una vida familiar pacífica.

“Hijos reyes, padres mártires”, se dice a menudo. Sabemos lo cierto que es eso. Los niños que se niegan a obedecer, ya sea para comer, lavarse, dormir o recoger sus cosas, convierten la vida de su entorno en un infierno.

El niño desobediente termina agotando la paciencia de sus padres, y los gritos, incluso sanciones excesivas, ocurren casi inevitablemente, haciendo que todos, padres e hijos, se sientan amargados e irritados. Pero, ¿qué es la obediencia, la verdadera?


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La obediencia, la condición de la libertad

Todos dependemos necesariamente de alguien o de algo. Sólo Dios no está sujeto a nada ni a nadie. Nuestra libertad es obedecer a alguien más grande que nosotros mismos. Nuestra libertad es obedecer a Dios. Cuanto más se cumple la voluntad del Padre en nosotros, más libres y alegres somos.

Pero Dios no se dirige directamente a nosotros para indicarnos su voluntad. Pasa por intermediarios como por ejemplo los padres. Es precisamente de Dios que proviene nuestra autoridad paterna. Por eso no podemos ejercer esta autoridad de cualquier manera. No podemos olvidar que es una misión que nos ha sido confiada.

Pero tenga cuidado de no confundir autoridad con poder. Lo que hace que una orden sea justa y legítima no es el poder que tenemos para hacerla cumplir, sino la autoridad que nos permite darla.

La autoridad puede tener ciertos poderes: el de castigar, por ejemplo, o el de obligar a la fuerza (tomar un niño de la mano impide que cruza la calle). Pero estos poderes son la consecuencia de la autoridad y no lo contrario. Si los hijos deben obedecer a sus padres, no es porque sean más fuertes, más inteligentes o más hábiles de lo que son, sino porque gozan de la autoridad otorgada por Dios. Si poseemos ciertos poderes debido a nuestra superioridad física o intelectual, podemos usarlos legítimamente únicamente al servicio de un justo ejercicio de la autoridad.

¿Cómo enseñar la obediencia a un niño?

No hay una receta mágica. Pero la reflexión y más aún la experiencia de muchos padres nos permite identificar ciertos principios. Es importante limitar el número de órdenes y prohibiciones. No podemos exigirlo todo a la vez. Es mejor hacer unas pocas peticiones con firmeza que hacer docenas de ellas, sobre las que inevitablemente acabamos cediendo porque son muy numerosas y no son lo suficientemente precisas. También es necesario saber cómo adaptar los requisitos a las capacidades del niño. Esto requiere un buen conocimiento del niño, una atención real a lo que es y una paciencia infalible.

A veces es difícil para nosotros aceptar los límites de nuestros hijos -queremos que sean perfectos- pero es Dios quien nos llama a la perfección, es Él quien nos hace perfectos, y por eso no nos fuerza. Nos pide que demos un paso a la vez, sin irritarse por nuestra lentitud o incluso por nuestros retrocesos. Nunca pierde la confianza en nosotros. Dios, Padre, nos enseña paciencia y serenidad. No el descuido superficial que nos haría ignorar los límites y defectos de nuestros hijos, sino la paz que viene de la certeza de que sólo somos instrumentos en la mano de un Padre que es mucho más clarividente y amoroso que nosotros.

Una vez que se ha dado una orden, debe permanecer firme y exigir que se le obedezca. Si el niño sabe que sus padres nunca se rinden, acabará obedeciendo. Mientras que si está seguro de alcanzar sus metas mediante la ira o la resistencia pasiva, tratará de hacer todo lo posible para ganar. Por eso es tan importante no ordenar mal. Hay que pensar antes de hacer una petición, si es después ya es demasiado tarde.

Otra cosa importante: no contradiga una orden dada por el otro padre, aunque parezca cuestionable. El niño tiene una profunda necesidad de coherencia y es esencial que no esté dividido entre sus padres. Se pueden realizar discusiones serias entre los cónyuges sobre la educación de los hijos, pero nunca delante de las personas afectadas.

Liderar mediante el ejemplo obedeciendo también

Se pueden usar varios medios para animar al niño a obedecer, pero hay uno que nunca es legítimo (o inteligente), que es la mentira. Su principal efecto es destruir la confianza del niño que tarde o temprano se da cuenta del engaño. Más profundamente, hacer que la gente obedezca presupone que sepamos obedecer nosotros mismos, que sepamos cómo ser dependientes de Dios (no como esclavos sino como hijos) y que busquemos Su voluntad para que se cumpla a través de nosotros.

No es necesario mirar demasiado lejos: es en cada momento, a través de los acontecimientos más pequeños de nuestra vida diaria, que Dios nos llama. Nos invita a la obediencia, condición de nuestra libertad y alegría.

Christine Ponsard



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