¿Cómo puedo aprender a desear el bien para mí y para los demás?


Parece algo obvio, pero este problema lleva milenios dando quebraderos de cabeza a los filósofos

Desde Platón a Descartes, los dualismos han abundado en la filosofía. Estos filósofos dualistas distinguían entre dos esferas casi irreconciliables en el hombre: la racional y la afectiva.

Para ellos el objetivo ético de cada hombre era casi eliminar su parte más sensitiva gracias a un estrecho concepto de razón. La mayoría de los impulsos y anhelos corporales  eran sospechosos por definición y la inteligencia, la razón, debía inmovilizarlos para alcanzar el bien.

Sin embargo el filósofo griego Aristóteles (siglo IV antes de Cristo) no cayó en este dualismo y, sin perderse  en una exaltación desaforada de los placeres del cuerpo, afirmó que el deseo era un motor para la vida, una motivación movilizadora que dirigía al hombre hacia su bien o fin.

A partir de ahí no dejó de proponer en distintos momentos de su  filosofía  y su ética “cómo aprender a tener sentimientos justos, emociones adecuadas”. 

El objetivo final para él, y para pensadores posteriores, era que el hombre debía habituarse a crecer en sentimientos constructivos que hicieran la polis griega más convivencial. Hoy hablaríamos de una sociedad más justa.

El hombre debía crecer en unas virtudes que le hicieran feliz y la felicidad era convivir entre verdaderos amigos construyendo la ciudad. 

“La elección es inteligencia deseosa o deseo inteligente y tal principio es el hombre” escribe Aristóteles en La ética a Nicómaco”.

No se trata de sospechar del deseo que emerge desde las entrañas, como sucede muy a menudo, sino que se trata de hibridarlo con la inteligencia. Estamos ante  la inteligencia emocional de la que tanto hemos oído hablar.

Hay que contar con emociones inteligentes y rechazar las emociones negras y tóxicas. Entonces los deseos se pueden ir transfigurando en anhelos altruistas.

Y, del mismo modo,  los deseos más turbios y oscuros pueden ir siendo cribados por la razón como inclinaciones desagradables y egoístas. 

Para ello es clave habituarse a vivir lo mejor en la repetición de actos buenos hasta que llega un día en que esta suma de actos se ha convertido en una disposición estable, en una segunda naturaleza. 

Exige esfuerzo, pero estas acciones acaban encarnándose en virtudes consolidadas que se despliegan cada vez con mayor facilidad.

Y entonces no es contradictorio hablar de deseos virtuosos, porque lo malo se rechaza desde el corazón. Y el mismo corazón, que es carne y espíritu,  se hace capaz de elegir lo mejor.

El corazón es cada vez más justo, pero no autoritario, sino sosegadamente inclinado por la belleza de la bondad y la verdad. Entonces la amistad, la valentía, la generosidad son las conductas más hacederas y más atractivas.

Odiar, engañar y envidiar se han convertido en sentimientos mezquinos, desagradables, que contaminan el corazón. Y, consecuentemente, los vicios son impugnados por un corazón grande y purificado que los deshecha  por su fealdad ética.

La clave está en educar los juicios, las elecciones, los deseos. La diferencia estriba en la educación de los afectos y los sentimientos.

Y esta educación sentimental, desde la infancia,  parte de  modelos que invitan a  la imitación. También desde las palabras, pero fundamentalmente desde la coherencia entre las palabras y las obras.

Y los modelos son los  ciudadanos ejemplares –padre, madre, hermanos, maestros, amigos- porque seducen con su honestidad atractiva.

Y  estas personas son las que concitan un acuerdo compartido: con ellas se está muy bien.  Esa es la felicidad según Aristóteles: estar juntos y a gusto haciendo el bien. Entonces el más feliz es el que tiene  más y mejores amigos.

Y de esta forma  se pone en marcha un ambiente contagioso y diferente: es la vida buena. Ese barrio, esa familia, los padres de aquella escuela que se reúnen y saben deleitarse en lo bueno, e incomodarse ante lo malo.

Las personas ejemplares ejercen un sutilísimo liderazgo ético que arrastra.

Y ahí surgen los proyectos más ambiciosos y humanos capaces de solucionar problemas muy exigentes y de cambiar la realidad y hacer, en pequeñas parcelas, un mundo más justo.

La cabeza, los ojos, las manos, la lengua,  las entrañas se han transmutado. Y el gozo ya no reside tanto en el éxito, en la fama, en los honores y los placeres (a menudo fuente de soledad) sino en las cosas bien hechas, en las palabras bien dichas y compartidas en tareas grandes.  

 



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